El fútbol como problema (y como solución existencial)
Se cambia de pareja, de ciudad y de religión, pero nadie deja nunca de apoyar a su club de la infancia ni a su selección nacional. Cada año los estadios son más grandes, los jugadores más ricos y el precio de las entradas más inalcanzable (para que se hagan una idea: el coste medio de una entrada para ver la final del pasado domingo fue de 9.900 euros). Los imperios empresariales crecen y se derrumban, pero el fútbol nunca entra en bancarrota. Si la pelota fuese un líquido, sería el elixir de la eterna juventud.