Cuba: el día después
Antes de toda celebración prematura, conviene detenerse en una imagen menos heroica que inevitable: la de un régimen que no cae por una epopeya popular, ni por una transición pactada, ni por la súbita conversión democrática de sus jerarcas, sino por puro agotamiento histórico.
Sesenta y siete años después, el castrismo ya no se sostiene en la promesa revolucionaria, sino en la rutina lúgubre de un aparato que transformó la escasez en disciplina, la miseria en obediencia y al Estado en botín de una casta militar-empresarial.