Nombrar y tocar: una ética de la caricia
Los nombres propios son, quizá, la primera forma de contacto con el mundo. Antes de entender el lenguaje, ya somos llamados. Y en ese llamado hay algo que nos define, que nos delimita, que nos cuida. En muchas culturas, el nombre realmente define a la persona, la describe. Pero existe un momento –sutil, casi invisible– en el que el nombre cambia. Se acorta, se transforma, se suaviza. Y entonces ocurre algo distinto, porque el lenguaje deja de describir y empieza a acariciar.
A esos nombres...