La Soledad se engrandece bajo el honor de la Gran Cruz de Oro
La noche del Viernes Santo cae con una solemnidad distinta cuando la Basílica de Santa María abre sus puertas. No hay prisa en el aire, sino una cadencia pausada que invita al recogimiento. Es entonces cuando la ciudad guarda silencio para contemplar a una madre sola, acompañada por siglos de devoción y por un cortejo que encierra la esencia más antigua de la Semana Santa alicantina.