¿Y si dejamos de darles tanta importancia?
¿Qué tal si los privamos del micrófono cuando no lo merecen y se lo cedemos a otras voces? ¿Por qué no alejar de ellos el lente de la cámara cuando no vale la pena enfocarlos, y apuntar más bien hacia otros rostros? ¿Qué nos impide desconectar, cuando así lo demanda la ocasión, los reflectores del escenario, dejarlos a oscuras y llevar nuestras luces a otros teatros?
Sí, la revolución de la indiferencia.
¿Acaso no podemos quitarle nuestras pilas al megáfono de lo intrascendente? ¿Quién...