Brujas, mar y silencio en una mansión de Ojochal
El camino hasta la casa fue largo y empinado. Delante suyo, el monte; detrás, un abismo que mostraba, entre la niebla, el resplandor del agua.
Mi abuelo Ramón nunca había visto el mar y le pareció una bestia grande, inquieta, de respiración honda. Llegó al fin a la casa, una mansión de maderas oscuras y balcones anchos, levantada sobre la punta de la montaña. La habían construido unos extranjeros, decían, y ahora necesitaban quien la cuidara.
Era un lugar distinto de todo lo que conocía.