Hasta cinco años para un diagnóstico: la esclerosis múltiple y la carrera contra el tiempo en el Perú
Patricia tenía 32 años cuando su cuerpo empezó a enviarle señales que no supo cómo leer. Al principio fue apenas un desequilibrio leve, una sensación extraña en las piernas, como si el suelo cediera bajo sus pies. Después llegó un cansancio profundo, persistente, que no se disipaba ni con el descanso. Lo atribuyó al estrés, a las jornadas largas, a la rutina que combinaba trabajo, familia y planes a futuro. La palabra enfermedad no aparecía en sus pensamientos, y mucho menos la posibilidad de que fuera algo crónico.