Entrenarse para ser buena gente
Recuerdo que para muchos niños que me rodearon durante mi infancia, meter a una zorra con sus zorritos en un saco para darles golpes con un palo era un divertimento muy natural; lo mismo, agarrar a pedradas a un oso perezoso hasta matarlo lentamente, viéndolo arrastrarse.
Pese a ello, ya profesora, una de las cuestiones que más me costó advertir –cuando, gracias a una profesora y amiga, lo supe– y se me dificultó comprender fue el hecho de que, según me dijo, “hay estudiantes tremendamente siniestros”.